jueves, 27 de abril de 2017

Metáforas locales, ampliaciones de la conciencia








Por Eduardo Zeind Palafox
Investigador de mercados



No hay libertad absoluta, pero sí grados de libertad. El esclavo con gran imaginación literaria es más libre que el neoyorquino atado a la ambición monetaria. Poetizar lleva a la ataraxia, mas no el acumular riquezas que pueden ser robadas o maltratadas.

La libertad, que no es absoluta, es mayor o menor según las metáforas que usamos, que pueden ser locales o ajenas. Desventurado el joven que viviendo en la naturaleza, digamos cerca del río, piensa con metáforas traídas de Londres. El agua del río que cada día ve, así, se transforma en plata, o en rieles, o en algo que no está cerca. Ver lo que no existe no es imaginar, sino urdir espejismos.

En cambio, el joven que halla metáforas contemplando lo que está cerca, semejanzas, vive entre tesoros inagotables. El río no es para él plata, sino algo relacionado con el cabello de alguna vecina. ¿No es fantástico que nuestra vecina sea agua que nos refresca y el río voz que nos enamora?

Metamorfosear es uno de los actos más humanos, pues es metafísico. Sin metafísica, es decir, sin ideas sobre la psique, sobre el cosmos y sobre lo divino, seríamos simples máquinas que registran datos verificables.
Si sólo pudiéramos verificar datos, mas no relacionarlos con otros espontáneamente, no existiría la poesía, el arte, y nuestro aparato sensorial sería harto pobre, tanto, que sólo captaría lo acostumbrado por nuestros más lejanos antepasados. Sin arte nuestras imágenes del planeta serían primitivas.

Crear metáforas es enriquecer la conciencia. Tejer discursos con el verde del árbol, el blanco de la nieve y el rojo de la sangre ("silogismos de colores", diría Sor Juana), además de ser noble labor porque incita el espíritu científico, analítico, adereza la apercepción, esto es, separa precisamente todo lo que percibimos de eso que llamamos nuestro "yo".

Decía Thoreau, quien inspira estas líneas, que primero debemos ser individuos, conciencias, y luego ciudadanos. Siendo primero individuos aumentamos nuestra libertad, la divergencia de la opinión. ¿Y para qué sirve que todos opinen distintamente? Para llegar a la verdad, que no puede esconderse cuando miles de ojos la afanan. Cuando todos opinan lo mismo, se sabe, la verdad se disfraza de consenso y a todos confunde.

Todo lo mentado nos sugiere lo siguiente: las categorías intelectuales de la sociología están en las metáforas culturales, y no en el léxico científico o en la lógica, que parece universal.

Las palabras de la ciencia matan mitos, y las palabras de la lógica todo lo desecan. Con ciencia se llega a la certeza económica, histórica, pero no a la humana. Con lógica se hacen conceptos que sirven para conocer la realidad, pero no lo humano. ¿Qué es lo humano? Ni Aristóteles ni Nietzsche ni Marx ni Kant han dado una definición satisfactoria, como dice Martin Buber, mas nosotros despachamos la siguiente: lo humano es aquello que puede descifrar el lenguaje de la naturaleza.

En las metáforas culturales, es decir, no científicas ni lógicas, encontramos el lenguaje de la montaña, del mar, del cielo, de la selva. ¿En qué se transforman las nubes cuando el marinero padece angustias? ¿En qué se transforma la nieve cuando el montañés sufre hambre? Citemos unos versos de Hughes que bien ejemplifican la cuestión: "Hold fast to dreams,/ for when dreams go/ life is a barren field/ frozen with snow."

Descifrar el lenguaje de esos sitios es un "quehacer auténtico", diría Thoreau, acto por el que toda persona debiera renunciar a lo frívolo.

Los versos del poeta que escruta las olas del mar y el libro de filosofía que escruta la conciencia son más útiles que cualquier empresa materialista. Dicho "quehacer auténtico" descubre lo que realmente es natural, la naturaleza, que es la única guía que en el mundo tenemos.

Atender los vientos no sólo nos enseñará física, sino también arte. El viento es voz entre los árboles. Esa voz, incrementando nuestra sensibilidad, incrementa nuestros poderes científicos. Los científicos más agudos son, lo quieran o no, artistas, o al menos poseen sensibilidad de artista.

Descubriendo la naturaleza de las cosas destruimos la maquinaria ideológica que nos domina. Los abismos que vemos al nadar en el mar son abismos prefigurados por Shakespeare, es decir, hechos con metáforas inglesas. Tales metáforas son un sistema estético inglés, ojos ingleses en cabezas alemanas, veracruzanas, etc. Es, dijimos, un sistema estético, algo que fácilmente confunde lo bello con lo bueno.

Educar, dice Thoreau, es actividad revolucionaria. Educar, apuntemos, es educar hombres libres. Libres, capaces de bregar contra cualquier sistema estético. Cualquier palurdo puede criticar la basura que acarrean los periódicos, las revistas, etc., pero pocos pueden rastrear en el arte de Joyce o de Emerson o de Thoreau ideologías o sistemas metafóricos imperialistas.

¿Y no es todo imperio una fuerza que pretende hacer que lo humano, que es múltiple, esposa, madre y amante, por ejemplo, sea simpleza predecible?

Aniquilar las metáforas lejanas, imperantes, multiplica lo humano. En la montaña somos montañeses gracias a las metáforas de montaña, gracias a que lógica y ciencia se esparcen por doquier para que captemos la voz de las alturas. En el mar somos marineros merced a las metáforas marítimas, a las olas que no hablan de números, sino de ritmos. Thoreau, para librarse el imperio norteamericano, dijo: "Un gramo de oro puede dorar una gran superficie, pero no tanto como un gramo de buen juicio".–






martes, 25 de abril de 2017

Jóvenes, nuevos animales de irrealidades







Distingamos, para comprender la actualidad, dos palabras que andan demasiado juntas: situación y circunstancia. Las circunstancias, que se inteligen moviendo la cabeza, están formadas de materiales del mundo inteligible, ideal, y del mundo sensible, sustancial. Las situaciones, además de ser sustanciales e ideales, son fenoménicas. Fenómeno, aquí, es combinación de lo que hay, de lo que se desea y de lo que se cree. 

Un fenómeno, dígase con términos modestos, es la sincronización de los pensamientos y los objetos, de los que jamás podemos decir algo último. 

Hay quienes viven para las ideas, es decir, quienes transforman las circunstancias y las situaciones en probabilidades ficticias, y hay quienes viven para las sustancias, quienes entierran en las cosas toda probabilidad y toda ficción. Unos jamás comprenden el entorno y otros jamás barruntan que existe un entorno. 

Para sincronizar pensamientos propios, espontáneos, con las leyes de la física, por ejemplo, necesitamos naturalizar, discurrir y adoptar los estímulos, creencias y conocimientos que recibimos. 

Naturalizar es pasar de la sorpresa a la serenidad ("el sol no gira alrededor de nuestro planeta"). Discurrir es volver movimiento lo sabido serenamente ("¿qué nuevo modelo puede explicar el movimiento del planeta?"). Adoptar es transformar en causa constante el movimiento ("¿qué efectos no sólo físicos, sino lingüísticos, provoca tal descubrimiento?").  

Para acometer lo anterior es menester usar no sólo la imaginación, sino además el entendimiento. El deseo principal de la imaginación es la simplicidad, y el del entendimiento la complejidad. Entender es desbrozar lo imperioso, lo inevitable, e imaginar es tejer lo accidental, lo que puede no ser. 

La imaginación sin entendimiento acostumbra a clausurar lo abierto, a retener sólo lo asequible y a perfeccionar lo defectuoso, esto es, a acabar la línea que a medias constituye un círculo, a representar los círculos con breves curvas y a instaurar ejemplares círculos sin yerro. 

Apliquemos el largo y teórico exordio a juveniles cuestiones. Los jóvenes que desatienden el entorno y que ni siquiera lo vislumbran por gastar la vida en virtuales vanidades todo lo encierran, reducen y perfeccionan con la geometría de los ordenadores. Dicha geometría regala intuiciones, pero puras, no reales. 

Lo que en las redes sociales se percibe no es "ni materia ni espíritu", pero realmente se intuye. Lo intuido en las redes sociales no puede naturalizarse, discurrirse y adoptarse porque no conforma ni una circunstancia ni una situación, sino sólo un falso paraje móvil y colorido. En ese paraje son inservibles tanto el entendimiento, que analiza, separa, como la imaginación, que simplifica y unifica. 

El geómetra que fragmenta círculos no fragmenta algo material y eficiente, sino algo formal y final. Pero lo formal y lo final, que siempre han sido conceptos, en las redes sociales son cuasi experiencias. 

¿Adónde van, entonces, los jóvenes desnaturalizados, sin discursos y sin propias creencias? Hacia la "clase vulnerable", es decir, hacia la incertidumbre del que ignora la ciencia, la técnica y la vida. El 49% de las empresas mexicanas, leemos en "El Universal", no encuentra el personal que necesita, gente capaz de vivir entre hipótesis, en el espacio y en el hoy barajando lo probable y los objetos. Los jóvenes se transforman lentamente en animales de irrealidades (el hombre se había definido como animal de realidades) que por himno tendrán los siguientes versos de Dámaso Alonso: 


No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma ni en la forma cabe.–



domingo, 23 de abril de 2017

`Espanglis´, vía del utilitarismo















El lenguaje, cuyas dimensiones tradicionales son la fonética, la semántica y la sintaxis, mal usado distorsiona el espacio. Mal usado, es decir, mezclado sin consciencia. 

El sonido de las palabras inglesas acarrea la idiosincracia del ciudadano inglés y el sonido de las palabras españolas acarrea la española idiosincracia. El idioma, ha dicho Andrés Bello, es carácter primordial de todo pueblo. Entiéndase carácter así: modo singular de habérselas con el mundo. 

El hispanohablante que entrevera arbitrariamente palabras inglesas y españolas está yendo y viniendo dentro de hábitos mentales propios y ajenos. 

Las palabras de un idioma son finitas, y hechas lista representan un modo de clasificar y simbolizar lo que nos rodea. "Das Symbol für eine Klasse ist eine Liste", dijo Wittgenstein. El idioma, simbolización del mundo, es una taxonomía, una epistemología, criba de los datos y notas de lo circundante. Tal epistemología o lexicografía, mezclada sin consciencia con otra, distorsiona el espacio. 

Veamos, como quiere Zubiri, en el espacio un "sistema de notas", un "modo de la realidad", y no un lugar o "topos" como en la filosofía griega, ni una "res extensa" como en Descartes, ni una mera manifestación simultánea de objetos, como en Kant. ¿Por qué? Porque un "sistema de notas" no es una topografía de cosas (trazo descrito con palabras) ni un lugar donde están las cosas (caracterización de cosas con palabras) ni una vulgar yuxtaposición de cosas, pues siéndolo no sería sistema. 

Un sistema, para serlo, está relacionado estructural, sincrónica y diacrónicamente. Cada idioma, dijimos, es una clasificación del mundo, es un "sistema de notas" codificadas según avatares históricos. Codificadas, esto es, cargadas, por ejemplo, de ideologías derechistas, izquierdistas, reformistas, burguesas, etc. Heidegger, por ejemplo, intentó derivar lo alemán de lo griego echando mano de estrategias idiomáticas y los marxistas, apropiándose de metáforas naturalistas, pretendieron parecer completamente científicos ante todos los países. 

¿Podemos decir que hay lenguas derechistas e izquierdistas? Aventuremos una respuesta: sí (Emerson dijo que la lengua inglesa es eficiente para comerciar). Conjeturemos: el "espanglis" y el "nahuañol" de México, fusiones de que habla Enrique Bernárdez en un artículo llamado "¿Traducir al espanglis? (II)", impreso en "El Trujamán", son lenguas que deforman el "sistema de notas" mexicano, la "perspectiva mexicana", citando a Tomasini Bassols, quien afirma que en México poco importa al pueblo la excelencia profesional y moral de los políticos. ¿El "nahuañol" y el "espanglis" implican ideales democráticos, liberales, científicos? 

Toda sistematización, se sabe, regala claridad discursiva, lógica, y claridad intuitiva, estética, recordando a Kant. Lo diáfano, es decir, lo singular, positivo, sustancial y efectivo, puede captarse con palabras, y las palabras, tejiendo conceptos, sirven para generar conocimiento, experiencias con las que prevemos el día a día. 

La petición española, por ejemplo, de un amigo que desea obtener de mi bolsillo unos pesos, es para mí clara, que soy hispanohablante, por estar compuesta de fonética, semántica y sintaxis españolas. 

¿Pero qué acaece cuando alguien del norte de país me pide dinero con fonética norteña (que me parece gritada), sintaxis lacónica (sin merodeos corteses) y léxico inglés, neoyorquino ("money")? Dimana mi esencia judía y además pierdo la claridad lógica e intuitiva, y la realidad, que es un "sistema de notas", se distorsiona. Dice Hannah Arendt que quien pierde la familiaridad fonética, léxica y gestual, pierde el hogar. 

¿Entrará en mi cabeza la ideología norteamericana merced al mucho uso de la fonética comercial (enfática), de la semántica utilitarista ("time is money") y de una sintaxis distinta a la española ("Eduardo's Money")? De todo lo dicho extraigo la siguiente pregunta política: ¿puede México votar por un izquierdista real, país que habla "espanglis" y "nahuañol"?–






sábado, 22 de abril de 2017

El automóvil da ventura en lides










Las mercancías que todos los días adquirimos se conciben de dos modos: como totalidad conocida y como totalidad desconocida. Lo conocido o es un grupo de verdades o un mito, y lo desconocido es o un mito clarificado o algo farragoso. 

Lo conocido, sea mito o verdad, representa algo "en" el espacio, es decir, una cosa armada. Lo desconocido, en cambio, representa "un" espacio, un elemento para formar cosas. El espacio, hecho objeto, se vuelve lugar sagrado, sustancia y forma al mismo tiempo. Las palabras que se pronuncian en los sitios sagrados no son simples "claves del pensamiento", como dicen los eruditos que estudian el lenguaje de la magia, sino actos. Toda palabra que es acto influye en la materia. 

El automóvil es actualmente un objeto mágico, como enseña Roland Barthes, esto es, es materialización de la palabra. Es mágico, o por mejor decir, mítico, espacio sagrado que al ser ocupado transforma lo exterior. 

Pedí a quince personas que mencionaran cuáles han sido los momentos más importantes de sus vidas, y dijeron: la compra de automóvil y de casa, el nacimiento y la muerte de personas amadas y el laborar en alguna empresa prestigiosa. Nacemos, según lo dicho por los preguntados, para trabajar, allegar un automóvil, una casa y morir. 

El automóvil, afirma Barthes, es como una catedral gótica. Las catedrales de tal calidad difícilmente pueden sintetizarse mentalmente porque las formas que proyectan son numerosas y variadas. Juntas son "un" espacio, una imagen que sólo puede ser descrita con léxico mágico, táctil, causal. 

La catedral gótica, como el automóvil, es parte de la ciencia ficción, de la ciencia de la imaginación popular, cuya estructura, apunta Umberto Eco, es de posibilidades y mitologemas, es decir, de mitos clarificados y estilizados que parecen ser ciertos y de razonamientos no puestos sobre lo real, sino sobre lo deseado. 

Mitologemas y paralogismos, con rostro de neologismo, que mucho place a los vulgares por hablar al estilo científico, progresista, aparentan ser pensamientos bien urdidos, tanto, que pueden tocarse. La vista, al registrar algo indeterminado, mágico, constituye cosas determinadas cuando el tacto registra, por ejemplo, lo liso, cualidad que en la mitología occidental porta el ideal de perfección. 

El automóvil, por ser ficticio amuleto venido de otro mundo, da "ventura en lides" a quien lo posee, recordando vulgar personaje de Cervantes que por ser humano lleva en sí el afán de lo sobrenatural. 

El automóvil, con visos de espacialidad objetiva, es sagrado y lo será mientras la gente lo piense sin conocerlo. Lo conocido, como hemos dicho, está en el espacio, es grosero artificio de la imaginación, cosa innecesaria. Es imperioso que la gente cambie el ver, el describir, por el reflexionar y el explicar. Gustan de explicar los espíritus filosóficos, los amigos de la "semioclastia", arte de derrumbar las convenciones.–




lunes, 17 de abril de 2017

Verbatims, descripciones psicológicas para las marcas

















Las cifras que produce cualquier investigación de mercado orientan, mas los "verbatims" o verbalizaciones de los clientes describen los lugares mentales en los que las marcas trabajan. 

Las verbalizaciones más valiosas no son las obtenidas forzadamente, sino las que acaecen en el hablar diario. Tal hablar puede analizarse en la manera, por ejemplo, en la que las personas escriben en los "smartphones" y en los mensajes de voz que con ellos envían. 

La información extraída de esas dos fuentes regala datos confiables por las siguientes razones: ostenta un estilo no premeditado, una fonética influenciada por asuntos concretos, un léxico codificado para comunicarse con alguien ya conocido y una gramática incorrecta que se sostiene por el contexto, siempre más antropológico que lingüístico. 

Originalidad, tópicos reales (no venidos de nuestros prejuicios de investigador), contextos sociales y definiciones del ser humano constituyen el hablar auténtico, es decir, elaborado no para responder preguntas estáticas, sino para superar circunstancias dinámicas. 

En dicho hablar auténticamente hay códigos que proceden o de las vivencias acumuladas o de las tradiciones vigentes. Si proceden de las tradiciones, por ejemplo, acarrean claras definiciones del hombre, y si de las vivencias, llevan cúmulos de tópicos políticos. 

Los tópicos se representan con entes arqueológicos, que son blasones de poder o de clase social, o con frases hechas, como los refranes, o con trozos de circunstancias ideológicas, como los implícitos en la expresiones "estoy en aprietos", "rachas de mala suerte" o "ando volando bajo".

Los "verbatims", en conclusión, describen estados mentales, es decir, examinan proposiciones espontáneas, que son los lugares donde habitan los "insights".–





domingo, 16 de abril de 2017

¿Pueden las máquinas entender?








En un artículo de la revista “Sience” del 14 de abril de 2017, titulado "Semantics derived automatically from language corpora contain human-like biases", se dice que las máquinas son capaces de aprender, de asociar lo empírico, el color del mar con el color de los ojos amados por Bécquer, por ejemplo, y de abstraer prejuicios culturales, como las ideas relacionadas con los insectos. 

Comparemos estas dos sencillas facultades con la filosofía de Kant. Dice Kant que las fuentes del conocimiento son la experiencia, lo percibido, y el entendimiento, hecho de ciertas categorías lógicas innatas, tales como la de “singular”, “positivo”, “substancia” o “necesidad”. Las máquinas, así, percibiendo y entendiendo producen conocimiento. ¿Pero pueden las máquinas, digamos, escuchar el lenguaje e interpretar (no se confunda el interpretar con el reconocer) un rostro? 

El rostro, según la filosofía de Levinas, es sinónimo de la palabra alma,  o psique. Ésta, afirma Kant, según lo experimentado día tras día creerá ser sustancia o función, simple o compuesta, libresca personalidad o producto histórico y conciencia o simple ente que sueña. ¿Pueden las máquinas decir: "el sujeto analizado es protestante, cree ser parte de una colectividad"? Sí, pero antes debemos decírselo. 

Las máquinas, según leemos en el artículo citado, pueden cuantificar, relacionar tal vez infinitas series de datos, pero no emitir sobre ellas juicios. ¿Por qué? Porque experimentar, sentir, es quehacer espontáneo. Las máquinas, frente al mar, podrán captar lo que quien las determinó desea que capten, pero no más. Es decir, las máquinas aprenden captando, pero también recibiendo instrucciones humanas. 

El entendimiento trabaja con la lógica, que opera según tres principios, como sostiene Kant: especificación, continuidad y homogeneidad. Expliquemos: especificar es separar objetos (flor-lápiz-reloj), hallar continuidades es comprobar que las cosas son lo que declaran ser durante el paso del tiempo (fue madera, hoy es lápiz y mañana basura será) y homogeneizar es encontrar semejanzas entre lo distinto (flor, lápiz y reloj son finitos).

Elegir uno de los tres principios depende del juicio, del modo en que definimos la palabra “problema” u "objeto" (las máquinas, por eso, son vehículo de ideologías o filosofías, dirán los marxistas). Las máquinas pueden escrutar cosas, situaciones o conceptos, mas no plantear problemas espontánea o experimentalmente, es decir, construir objetos, situaciones y conceptos (hablo en sentido epistemológico).  

Los principios lógicos, al resolver problemas, dictaminan la vía lógica más conveniente, que puede ser la inductiva, la deductiva o la sintética. Comparemos la cultura griega con la hebrea para ilustrar la cuestión. Los griegos creían que la palabra, “onoma” en heleno, era un simple nombre para las cosas, pero los hebreos creían que la palabra, “davas” en su lengua, era nombre y cosa. ¿Qué son las palabras para las máquinas? Siempre serán sólo palabras. 

El mundo religioso, así, queda fuera de los alcances de las máquinas, que pueden pensar lo extenso, lo intenso, lo duradero, lo simultáneo y lo sucesivo, pero no lo infinito, noción que encierra contradicciones. 

El artículo afirma que las máquinas pueden realizar interpretaciones semánticas, lo que implica que pueden hacer interpretaciones lingüísticas, interpretaciones que incluyen factores gráficos, fónicos, gramaticales, léxicos, históricos y políticos. Mucho lo dudamos, pues el lenguaje, de acuerdo con lo enseñado por los lingüistas, es espontáneo, y por serlo fácilmente crea paralogismos, es decir, objetos sin conceptos, conceptos sin objeto, intuiciones sin objeto y objetos sin objeto, o en palabras más simples, crea cosas de las que no cabe hablar, proposiciones que hablan de nada, imágenes culturales y entes contradictorios, todos elementos de la vida mítica. 

Los mitos son soluciones para las antinomias de la razón, esto es, para las contradicciones inevitables de la razón humana, que son necesarias para vivir ante la “cierta muerte”, como dice Garcilaso de la Vega. 

Las máquinas pueden registrar proposiciones antinómicas y ofrecer soluciones para ellas, pero no creer en ellas (para las máquinas las antinomias, entonces, no son problemas, sino sencillos silogismos mal urdidos). En Juan 20: 29 se habla del creer sin ver, del vivir sin ver, del actuar según lo invisible, culturalmente. La cultura, que posee grandes partes invisibles, no se manifiesta toda mediante el lenguaje. Las máquinas, luego, no captan los prejuicios culturales, sino sólo hábitos lingüísticos.–

jueves, 13 de abril de 2017

Jerigonza científica, cosmovisión para las masas












Solemos tomar el lenguaje de las ciencias, que es preciso, para aplicarlo a la realidad cotidiana, es decir, no dividida en parcelas científicas, por ejemplo, físicas, químicas, religiosas o históricas. La economía ha vertido muchas expresiones que más han dañado que beneficiado a quienes viven en la mezcolanza de lo pretérito, lo lingüístico, lo psíquico, etc. La terminología científica es en las cabezas científicas mero instrumento, pero en las cabezas de las masas se transforma en cosmovisión. 

Extractemos de la revista "The Economist" cuatro ideas: "complejidad social", "distribución de la riqueza", "optimismo económico" y "deuda". Describamos lógicamente cada una de ellas para descifrar el estado mental de la gente común y corriente que las usa. 

La idea de "complejidad social" es enorme, pues incluye la palabra "sociedad" y la palabra "complejo". Juntas parecen captar un existente, un organismo, y por eso crean la ilusión de que vivimos en un lugar con límites políticos determinados. 

La idea de "distribución de la riqueza" está sustentada en percepciones ambiguas. No es fácil saber, por ejemplo, quién es rico, quién parte de la clase media ascendente, o quién es potencialmente rico o pobre o rico discreto o pobre elegante. Tan ambiguas percepciones, u opiniones, producen informaciones polisémicas con las que se construyen pobres símbolos de la riqueza (pobres, ambiguos), como lo son los automóviles, el oro, los rascacielos, etc. 

La idea de "optimismo económico" es, sobre todo, emocional, es decir, está fuera de toda causalidad determinada, descrita, y por eso nos hace creer que somos libres. Imaginando que somos libres nos inhabilitamos para detectar las fuerzas del mercado que nos oprimen. 

La idea de "deuda", por último", no puede ser asida con palabras claras porque es negativa, signa una ausencia, y por serlo es casi panteísta y nos mueve a imaginar que bregamos contra oscuras fuerzas, contra las contrarias a la riqueza. 

De todo lo dicho, en suma, se obtiene el siguiente párrafo, que es para muchos un concepto mayor: "La sociedad es un organismo regido por leyes cognoscibles que muestra información inmediata, que cualquiera puede interpretar, y que a todos señala las causas y fundamentos de la riqueza, que es una fuerza". Varios son los fantasmas que andan en las palabras mentadas, tales como "organismo", "leyes cognoscibles", "interpretación" y "fuerza". 

De ellos nace una funesta idea cosmológica que Kant formula así: "si se da lo condicionado, se da también la suma completa de las condiciones y, por consiguiente, lo absolutamente incondicionado". La citada fuente de paralogismos pretende llevar hasta la noción de lo "absoluto" lo visto en la realidad. Recuérdese que toda absolutización engendra fascismos, totalitarismos, etc. 

La gente inconsciente, luego, dice regularmente: "El trabajo es la condición de la riqueza y con ella todo es posible, es decir, todo es posible trabajando". Con esa premisa oscura se urde el siguiente juicio: "Cualquier trabajo, por ser fuerza bondadosa, genera riqueza". Con tamaño juicio se razona así: "Trabajar enriquece y la riqueza es lo absoluto, esto es, nacimos para trabajar". 

Entendemos, luego, que la gente común y corriente carece de un modelo para interpretar no sólo la mezcolanza de la realidad cotidiana, sino también la parcela de esa realidad llamada "economía". 

Un modelo económico eficiente será hipotético, funcional, estructural, ideal, unívoco y explícito, es decir, señalará los verdaderos fundamentos de la riqueza (no dirá "trabajo", que significa sólo "tiempo"), describirá el movimiento de las causas y los efectos del trabajo, dibujará el armazón de los mercados, supondrá su perfecto funcionamiento para que resalten sus defectos, brindará palabras precisas con las cuales definir la riqueza y avisará que no es el trabajo, sino la ciencia aplicada, la que enriquece a las naciones. 

Los economistas, de cierto, carecen de modelos nítidos para prever los acaecimientos mercantiles. La gente, luego, mejor haría no adoptado la jerigonza científica de ellos, que multiplica lo que debe restarse.–










Metáforas locales, ampliaciones de la conciencia

Por Eduardo Zeind Palafox Investigador de mercados No hay libertad absoluta, pero sí grados de libertad. El esclavo con gran imagi...