martes, 18 de junio de 2013

El arte es una ciencia




El arte ciencia es, y como tal es obligación suya registrar los gestos de la naturaleza, sus sonidos, sus movimientos, fenómenos todos que dibujan lo humano, la cara del hombre, el hombro de la mujer, el llanto del niño o el cantar de "pájaros perdidos" (Bodet), que avisan y preludian las llegadas de las estaciones, que deciden los colores del medio ambiente. El arte, dijo el maestro Ezra Pound, es una ciencia, y como ciencia es menester que invente las técnicas adecuadas para imitar lo que busca plasmar. 

Siguiendo estos preceptos comentaré un texto del escritor Alejo Carpentier. Con dicho comento demostraré que la mirada del crítico de arte tiene que ser más precisa que la del artista, pues toda crítica se hace para mejorar, para recrear, no para destruir. Carpentier, en su novela llamada `El recurso del método´, dijo: "Somos harto aficionados a la elocuencia desbordada, al `pathos´, la pompa tribunicia con resonancia de fanfarria romántica". Lo patético, el `pathos´, ¿qué es? En el mundo del arte, al menos, es lo que nace cuando el artista genera su obra de arte siendo dominado por el objeto que pretende imitar, o plasmar o labrar o perfeccionar. 

Cuando el amor es superior a la destreza de la pluma nacen versos que simulan ser de Bécquer. Cuando la pasión es superior al rigor del cincel nacen deformidades orientales, dioses horribles, como dijo Goethe al hablar de las deidades orientales. Cuando el hastío es mayor que la pericia y que la pereza nace la poesía de Almafuerte. La ciencia es, según el dictamen de Villarroel, el arte de la proporción y de la generalidad. Él sostenía que el buen médico jamás desatendió las medidas, y menos las teorías que autorizaban que "despachase los ungüentos".  

El artista, sí, avezado es en los dichos medicinales, en lo feo que diagnostica, en lo satírico que cura, en lo bello que fortifica, y sabe darle al músculo que pinta la proporción necesaria, y sabe hacer músculos precisos y singulares que también sirven para comprender la musculatura del mundo. El arte, que ciencia es, necesita una teoría, una técnica, pero sobre todo necesita cuidar sus posturas u observaciones. ¿Quién cuida que tales requerimientos se cumplan? La Sociología del Arte. Citemos, entonces, la prosa de un científico harto querido por los sociólogos, apellidado Simiand. 

Éste, en su obra llamada `La méthode positive en science économique´, dice: "el recurso al método experimental no está rodeado, en ese caso, de ninguna de las precauciones y garantías necesarias para hacer de él un empleo acertado y convincente". ¿Qué precauciones debe tomar el artista antes de plasmar? Debe distinguir la técnica que usa del lenguaje que usa, siendo el lenguaje hijastro, sólo hijastro, nótese bien, de la técnica. Cuando la mano del artista es superior a la técnica, ¿qué acaece? Cambia la técnica, y así nace una nueva escuela, una nueva forma de retratar o de retrazar el mundo, sea el de las ideas, sea el de la materia. 

Sosegadamente he leído un texto de Carpentier, uno sobre León Bakst, y dicho texto es un ejemplo de lo que no debe hacerse, de la mala crítica artística, farándula parnasiana. La "mente del poeta" (concepto abstracto) no debe ser el albergue de la "naturaleza" (otro concepto abstracto): la cabeza del poeta (el poeta siempre tiene postura, haciéndose cazador o truhán emboscado) debe albergarse en el árbol contemplado, y nunca al revés. El árbol no tiene motivo o razón para someterse a nuestras fantasmagorías, a nuestras deformantes ideas, según ha dicho Karl Kraus al comparar la poesía de Goethe con la de Heine. 

He leído los siguientes vestiglos o deformidades en la prosa de Carpentier: "acordes de oro", "irisaciones sonoras", "síncopas furiosas". Borges, en un artículo que escribió para la revista `Sur´, sostuvo que no es necesario multiplicar los adjetivos o los entes cuando hacemos metáforas o cuando procuramos describir fidedignamente lo que vemos. ¿No es un acorde algo valioso? ¿Es necesario decir que es de "oro"? ¿No es el sonido algo ondulante? ¿Es necesario decir que "irisado" es? ¿Qué ganamos al decir que una "síncopa" es "furiosa"? Nada. Eliminemos, siempre, las palabras que no tienen función determinada, precisa, como quería Pound, como quería Wittgenstein.  

Otro vicio de los malos artistas y críticos de arte, según George Orwell, consiste en abusar de la palabrería abstracta, de las palabras que no designan cosas que están en el mundo. El crítico no es un poeta, es un poeta de poetas ("the poets´poet"), un avizor de cimientos, un revisionista, un hosco mirón de detalles. Leamos la "elocuencia desbordada" de Carpentier: "había en ello algún sortilegio; algo sobrenatural unía tan estrechamente unos telones redimidos, glorificados por el pincel, con la luminosa partitura de Rimski-Kórsakov". ¿Algún "sortilegio"? ¡Cegueras de crítico! ¿Algo "sobrenatural"? ¿Habla un crítico o habla Bossuet? ¿Cómo es una "luminosa partitura"? 

Jesús, dijo: "Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe adónde va". Nótese cómo Jesús, sensible, habla con aforismos, como poeta, iluminando con su habla, según William Blake, y nótese cómo Carpentier trata de ver los sonidos y de oír las imágenes (Borges vituperó la siguiente languidez de Quevedo: "escucho con mis ojos a los muertos"), y cómo trata de confundir al lector, al que considera incapaz de toda penetración estética. Exaltado, angustiado, quebrado por el miedo de ser comprendido, según la hermosa advertencia de Valéry, Carpentier afirma: "Para los profanos en arte, para los que jamás dirigieron una mirada escudriñadora, o siquiera curiosa, hacia las puras regiones donde se entrechocan los problemas estéticos". 

"Tiene rostro de cuáquero este viejo", diría un artista menor (un tal Benedetti). Pregunto: ¿hay ciencia en un hombre que habla del arte como el que habla del cielo? ¿Es crítica de arte lo de Carpentier o es Teología? ¿No haríamos mejor leyendo a Chateaubriand? ¿No haríamos mejor leyendo las revelaciones fantásticas de San Agustín? El desmitificado, el buen crítico, no ve un "bárbaro orientalismo", una "increíble hazaña" o "rústicas divinidades helénicas", ni un "esotérico fauno", ni una "riente placidez", y menos "caprichosas manchas" o un "orientalismo flameante",  ni "lotos búdicos" ni "viejas imágenes persas", según la  prosa del latinoamericano. 

La semántica nos ha enseñado que las palabras cargan imágenes, y los poetas que los verdaderos artistas saben cuáles son esas imágenes. ¿Es lo oriental "bárbaro" para cualquier occidental? ¿No son todas las hazañas "increíbles"? ¿Novedad es la rudeza de las deidades helénicas? ¿Hay faunos exotéricos? ¿Hay placideces ceñudas? Aquí me detengo. ¿Qué buscan los autores que requiebran demasiado al lector? Buscan que de ellos se diga que tienen una "comprensión profunda de las cosas bellas", como dice Carpentier. 

Confucio enseñó que la virtud se alcanza haciendo que el padre sea padre, el hijo, hijo, y el abuelo, abuelo. Digamos, así, que el arte virtuoso, es decir, el científico, es el que dibuja cuando tiene que dibujar o el que escribe cuando tiene que escribir. Un buen escritor sólo dibuja para reforzar sus argumentos, sólo hace de la pintura un poema mudo cuando no puede expresar sentimientos nuevos. Pero Carpentier, sí, afirma que León Bakst escribe con "pincel presto", dice que lo hace sólo porque éste vomita bulas y binomios del jaez siguiente: "crepúsculo húmedo", "aureola multicolor", "niebla suave", "charco enorme", "estanque negro", "ventanas brillantes". El concepto para designar al "perro" no ladra, dijo Spinoza, así como la palabra "negro" no nos coloca en la penumbra. 

La prosa de Carpentier, como diría Bachelard, es un humildísimo "empirismo coloreado", ennegrecido, ciego. Oscar Wilde, pintor, si es que pintores en la poesía hay, enseña cómo se usa el color al escribir: "Su cabello dorado y encendido/ ya lo empañó la herrumbre". El método indirecto es eficaz cuando los poetas, que son escritores, quieren pintar. ¿De qué color es el oro empañado? ¿Cobrizo, terrenal o terroso? Cuando Wilde dice que al supradicho cabello ya lo "empañó la herrumbre" nos habla de muerte, siendo la muerte algo que nos refiere o remite al piso, en donde está la cobriza tierra. ¡Tal es poesía! 

Carpentier, luego, pretende esgrimir metáforas naturalistas o agrestes para impresionar al lector con su sensibilidad, diciendo que Bakst es un artista con la "libertad de un árbol que crece sin pedir permiso a nadie, y extiende sus ramas cargadas de frutos bajo la caricia áspera del sol". Antropomorfismo de monta nimia, de estudiantón de biología éste. Darle al árbol capacidades humanas acto de niños es. Comparemos, leamos a Diego de Torres de Villarroel, satírico que al hablar de su genealogía no inventa un alma para el árbol, pero sí va hasta el árbol, se pone en el árbol, se coloca en su naturaleza sin pretender conquistarla ("mi tronco, mis ramas y mis frutos", dice Villarroel). El arte es una ciencia y Carpentier, pienso, no es un verdadero artista, no es un buen crítico del arte, pues "quiere siempre que el producto natural sea más rico que el producto artificial", según el dictamen de Gastón Bachelard. 

E. Z. P. 


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